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¿Y ahora, quién hablará mal de Vox?

28 enero 2021
¿Y ahora, quién hablará mal de Vox?

Este episodio de Salvados no se lo esperaba ni el Jordi Evole más bienintencionado. Ni el analista político mas fino y gutural. Todas las claves de gala saltaron por los aires. La cara misma de Carmen Calvo era un poema a las puertas del Congreso. O estaba sacando partido de sus dotes de  actriz –que lo es y de las buenas- o su estupefacción era vivo. ¿Vox salvando al Gobierno? ¿Santiago Abascal acudiendo al rescate del socialcomunismo? ¿Pedro Sánchez evitando una delicada derrota gracias a la inhibición de una “ultraderecha” devenida mágicamente en “responsable”? Tal cual. La vicepresidenta salió del paso como ¡como no! pudo y se limitó a proferir una balbuceante modernización del remoto dicho: “De proporcionadamente nacido es ser agradecido”.

El ‘no’ de Esquerra, que estamos en campaña y no se debe racanear gestos espasmódicos; el portazo concluyente del Partido Popular, y los recelos de Ciudadanos, libertino in extremis del trago de tener que elegir sí, había llevado al Gobierno de coalición contra las cuerdas, al filo de perder una votación haber para lo que resta de tiempo. El reparto del maná europeo, la calabobos de pasta para todos, el banderín que permitirá al dúo Sánchez e Iglesias sacar la chequera y ponerse siempre en el flanco bueno de las cosas, que propagandistas no faltan. Todo un plan político en peligro hasta que saltó la artefacto. La ultraderechita extendía su mano amiga, la misma que tantas veces le han escupido. Un efectivo terremoto. Ni en Granada, oiga.

Que nadie olvide que Vox defendió este decreto como la “anciano red clientelar” de la maltrecha historia de este país

Hay muchas lecturas y más en este país donde tenemos más exégetas que vacunas. Pero el primer impacto es de seria perplejidad. Que nadie olvide que Vox defendió este decreto como la “anciano red clientelar” de la maltrecha historia de este país. Uno daría un dólar por aprender los pensamientos de Pablo Casado, si quizás plasmó su frustración con un puñetazo en la mesa o ensayó sólo media sonrisa irónica desde su vigía genovesa. Y elevaría la puesta por conocer lo que se cocinaba en el laboratorio del robótico Sánchez. Qué tramaría su gélida materia grisáceo al saberse librado por la campana figura de un problema formidable. Quizás un achicopalado y contradictorio: “Os odio, pero adoro vuestros votos”. 

Habrá respirado el presidente del gobierno. Otro día más en la oficina. De peores hemos aparecido, miren los Presupuestos. Hemos hato otra vez. Vox es ahora un amigo puntual que parágrafo del puñetazo en las coraje de Casado aprovecha para blanquearse. ¿Qué va a acontecer con los cordones sanitarios y las campañas de demolición? ¿Quién seguirá diciendo ‘ultraderecha’ con sobredosis de mala nata? ¿Quién podrá criticar a Ayuso o a Juanma Moreno la apoyo reaccionario en sus gobiernos de Madrid y Andalucía? En definitiva, ¿ahora quien hablará mal de Vox? Desde hoy, el Gobierno de coalición deberá variar sus excusas para tensionar al electorado como es de su elegancia y parte esencial de su plan político.

La política española es una pantomima demente. Una comedia de enredo con pésimo elegancia. No hay certezas. Nada a lo que valerse. Desconfíe de las altas palabras, de los tonos solemnes, porque los grandes principios acabarán traicionados. Sin excepción. Qué inmensa invitación al nihilismo. Y a creer, como algunos siempre sospechamos, que el Gobierno que ellos llaman “socialcomunista” y la derecha que los otros llaman “reaccionario” en ingenuidad siempre tuvieron la misma dietario política. Los extremos, ya se sabe.

Y a todo esto: ¿qué pensarán los votantes de Vox?

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