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Un aniversario triste para la Constitución

6 diciembre 2020
Un aniversario triste para la Constitución

Cuando esta columna vea la luz estaremos celebrando el cuadragésimo segundo aniversario de la aprobación por una mayoría abrumadora de la azarosamente válido Constitución de 1978. Una evento sin escasamente motivos de alegría, en plena crisis sanitaria, institucional y económica, con un Gobierno presidido por un forajido de la política que no tiene otra lazarillo que su imagen en el espejo de su desmedida codicia.

Los cumpleaños son ocasiones para el examen retrospectivo, la consejo crítica y serena sobre el pasado y la preparación del porvenir. La preocupante situación que estamos atravesando, la peor sin duda desde los días esperanzados de la Transición, contiene muchas amenazas, pero la más destructiva es la de la desaparición de España como Nación. Una coalición siniestra de arribistas usurpadores por asalto de las centenarias siglas socialistas, de ultraizquierdistas dogmáticos y liberticidas, de separatistas subversivos y de herederos del terrorismo, ha trazado un plan de transformación de nuestra monarquía parlamentaria y democrática en una república confederal colectivizada, paso previo al despiece de España en nacioncillas inventadas de carácter totalitario. Esta catástrofe no se ha gestado recientemente, sino que tiene referencias que vienen de allá. Se comercio de un generoso proceso de cuatro décadas que arranca en el momento mismo de final de la dictadura. Sin comprender la origen del horror que ahora nos aflige, es inútil salir de él. Dado que los dos principales partidos nacionales nunca lo han entendido y siguen sin entenderlo, el optimismo al respecto queda descartado.

Se buscaron fórmulas en la nueva Constitución que diesen una salida bastante y equilibrada a cuatro de nuestros seculares conflictos, el religioso, el marcial, el social y el de la forma de Estado

Tres han sido los errores que explican la nefasta marcha de los acontecimientos que nos han llevado desde la ilusión de 1978 al desánimo y la desilusión actuales. El primer error ha sido de tipo político. A la homicidio natural del universal en su madre, todo el mundo, exceptuado una minoría nostálgica y pertinaz, estaba de acuerdo en que era necesaria la transformación del régimen absoluto surgido de la Guerra Civil en una democracia homologable con las del resto del mundo occidental. Para ello, se buscaron fórmulas en la nueva Constitución que diesen una salida bastante y equilibrada a cuatro de nuestros seculares conflictos, el religioso, el marcial, el social y el de la forma de Estado. Para cada uno de ellos se encontró una opción aceptablemente satisfactoria que garantizaba a partir de la aprobación de la Ley de leyes de 1978 que sus posibles rebrotes fuesen leves y discurriesen por cauces pacíficos.

Sin confiscación, para el botellín conflicto, el de los nacionalismos periféricos, que tan virulento se había manifestado desde finales del siglo XIX, se tomó el peor camino imaginable, el de una amplia e intensa descentralización política, filología, legislativa, cultural, institucional y simbólica. Un Estado centrípeto se convirtió en centrífugo y se fragmentó en entes subestatales dotados de parlamento, gobierno, presupuesto, idioma curiosamente denominada propia, bandera, himno, fiesta doméstico e identidad diferenciada. En otras palabras, se articuló una estructura territorial perfectamente diseñada para que los nacionalismos separatistas catalán y vasco, equipados con potentes instrumentos financieros, educativos, culturales y de creación de opinión, se dedicasen con empeño, tremenda competencia y perseverancia incansable, a su particular nation-building, preparando aceleradamente la rigidez de un Estado propio separado de la matriz popular. Si uno tiene en casa a un tigre de conocida fiereza, lo aconsejable es tenerlo en una pajarera, no dejarle que campe a su sensibilidad por la vivienda devorando a sus residentes. Pues aceptablemente, se decidió que lo mejor para apaciguar al tigre era abrirle la puerta y colmarlo de concesiones sucesivas y crecientes, hoy se comía a la abuela, mañana a los niños, pasado mañana al cancerbero y como no había guisa de tranquilizarlo se le entregaban más y más presas, pero, como era de esperar, nunca se satisfacía y el final era previsible. En estos momentos el manjar por el que ya saliva es cero menos que la Corona.

El segundo error ha sido de procedimiento. Una vez puesta en funcionamiento la nueva edificio constitucional, institucional, administrativa y política, se entró en una dinámica perversa en la que el partido doméstico que quedaba en minoría mayoritaria en el Congreso se apoyaba en los nacionalistas para obtener la estabilidad de la reunión pagando, eso sí, un precio progresivamente gravoso en competencias y medios que aquellos utilizaban para ir reforzando su predominio electoral en sus Comunidades, siempre con el propósito de alcanzar la independencia. No es sorprendente que esta senda condujese al Estatuto de Cataluña dudosamente constitucional de 2006 y al estallido subversivo de 2017.

Si hubieran conocido o interpretado correctamente la historia de España y de Europa del siglo XX, no estaríamos los españoles abocados al precipicio como estamos

El tercer error ha sido de carácter casto y por ello el peor y el origen de los otros dos. Acomplejada tontamente la derecha por el generoso período franquista y obnubilada la izquierda por un sentimentaloide compañerismo con los que percibía como parte de la concurso democrática, ambas otorgaron a los nacionalistas una legalidad adicional y les admitieron como interlocutores plenos en el diseño del nuevo Estado y en el mecanismo político ordinario posterior. No coligieron ni nunca han colegido que una doctrina política que sitúa la identidad étnico-lingüístico-cultural como el valencia supremo de la cargo axiológica que ha de regir la vida colectiva, por encima de títulos universales como la decisión individual, la igualdad frente a la ley, la ecuanimidad, el Estado de Derecho y la solidaridad cívica, que sustituye la ciudadanía por el tribalismo, es éticamente inaceptable y que el gran problema no es su apaciguamiento, sino su neutralización en las urnas y en las mentes. Si hubieran conocido o interpretado correctamente la historia de España y de Europa del siglo XX y si hubieran tenido claros determinados conceptos de filosofía política elementales, no estaríamos los españoles abocados al precipicio como estamos.

Resulta increíble que una doctrina política que sembró Europa de decenas de millones de cadáveres en las dos Guerras Mundiales, que en Cataluña hace que sus adeptos atropellen los derechos lingüísticos de millones de sus conciudadanos y pretendan imponerles contra su voluntad una identidad ortopédica y que en el País Vasco hasta no hace mucho practicaba sistemáticamente el tiro en la gollete, el secuestro y la molestia, haya sido y siga siendo objeto de deferencia reverente por parte de los dos grandes partidos nacionales, cuando no de colaboracionismo abyecto como sucede con el flagrante Gobierno de coalición socialista-comunista y con el PSOE de Cataluña, de Navarra y del País Vasco. La pluralidad filología, cultural, de razas, de creencias o de folklore y costumbres no debe trocear Estados democráticos consolidados en tribus extrañas entre sí, sino prestarles cromaticidad y pluralidad enmarcadas en un orden constitucional, cívico y legal popular. Mientras la Unión Europea demuestra que hemos aprendido a escalera continental las lecciones del siglo pasado, no en vano definido como “de los horrores”, en España las elites políticas, empresariales y culturales siguen bebiendo con delectación ese ponzoña mortal.

No es peligroso augurar que estamos abocados a un desenlace traumático de este desgarro doméstico y que, como en otras épocas de nuestra historia nuevo, España no desaparecerá, pero que el coste de su supervivencia será muy stop en términos de violencia, inestabilidad y depauperación material. Nada desearía más que equivocarme y desde luego no somos pocos los que seguimos luchando para que esta desgracia no suceda, pero si queremos lo mejor, preparémonos ya para lo peor.

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