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Pimpinela en la Puerta del Sol

22 septiembre 2020
Pimpinela en la Puerta del Sol

En los años 80, los hermanos Galán triunfaron con el dueto musical Pimpinela. Su secreto consistió en teatralizar sus canciones y también interpretaciones para hacerlos pasar por discusiones de pareja musicalizadas. La realidad es que ni había pareja ni había discusión, solo simple actuación.

Cuando el día de ayer acabaron las comparecencias de Sánchez y Ayuso tras reunirse en la sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid sita en la Puerta del Sol, me quedé con la sensación de haber asistido a una de las performances de Pimpinela. Y es que la letra de la canción ya me la sabía, si bien era oficialmente la primera vez que se representaba. Sánchez, en el papel de macho latino que asiste presto al rescate de Isabel, la dama en apuros, que le recrimina el haberla dejado tanto tiempo sola y sin medios para sacar adelante a la familia. Como en un mal drama en el que el marido que había ido a por tabaco vuelve a casa tras un largo tiempo ausente.

La solución a tantos meses de desamor la plasmaron en un documento en el que, a fin de que me comprendan, acuerdan ponerse de acuerdo. Pero por todos es sabido que en política los pactos se traducen en comités, subcomités y en ocasiones hasta en observatorios. La faceta creativa que desarrollan quienes equipan estas genialidades de nuestro entramado administrativo se encuentra en los nombres, siempre y en todo momento efectivos y efectistas. A este le van a llamar Grupo Covid-19. No me negarán que no semeja el nombre de un escuadrón de superhéroes de Marvel con poderes singulares para enfrentarse a una pandemia sanitaria. Un virus vencido por comités, el sueño húmedo del socialismo.

La vaciedad de lo convenido no la disimulan ni las decenas y decenas de banderas desplegadas en el escenario montado en la Real Casa de Correos

Y es que debe parecer que la asamblea ha servido para algo, aparte de para llenar las necesidades de Moncloa de mostrarse dialogantes en busca de la unidad y las de Génova de alardear de centralidad. Pero la vaciedad de lo convenido no la disimulan ni las decenas y decenas de banderas desplegadas en el escenario montado en la Real Casa de Correos.

Quizás lo más interesante de la pantomima residió en los alegatos de clausura. Entre anuncios de conjuntos a dos bandas y eslóganes económicos del tipo ‘la unidad evita contagios y salva vidas’, ciertas oraciones de Sánchez tienen más calado de lo que pudiesen de entrada aparentar. Dijo el presidente que “venimos a asistir”, y agregó que “no hay tutela ni jerarquía”. Vamos, que una cosa es hacer como que se arrima el hombro y otra aceptar el mando o bien las consecuencias. Si algún consultor incauto en la Comunidad de Madrid pensaba que la tan cacareada cogobernanza se iba a traducir en corresponsabilidad del Ejecutivo nacional por los resultados que arroje la implementación de las medidas en Madrid, se puede ir olvidando. Para esto mejor que Ayuso hubiera pedido el estado de alarma pidiendo que el Gobierno aprobara sus medidas delegando en ella la administración. La asunción de responsabilidades habría venido acompañada de mayores competencias y facultades en la movilización de recursos, al tiempo que en la actual situación estos últimos dependen de la buena voluntad del Gobierno. Jaque mate de Redondo que absolutamente nadie en la Comunidad de Madrid semeja haber visto venir.

Exigencias a la oposición

Es un hecho indudable que el Gobierno de la nación ha decidido que no volverá a mancharse sus manos progresistas con la administración sanitaria del coronavirus. El hacedor de relatos gubernativo, Iván Redondo, ha decidido que es un ‘marrón’ del que conseguirán escaso interés político y mucho desgaste. A ver de qué manera explican que para una nueva escalada de contagios (que precisa de la adopción de medidas restrictivas) estén apostando por que las CCAA recurran al llamado ‘plan B’ en vez de al estado de alarma. Todo ello, una vez que en el mes de mayo el presidente negara en público su existencia mientras que demandaba a la oposición que le aprobaran las prórrogas para ‘desescalar’. Mejor centrarse en la memoria histórica y la igualdad de género, que requieren poca administración y mucha emoción, algo para lo que ha estudiado. Sánchez compareció en Sol para lavarse las manos con un gel hidroalcohólico que destroza al virus de la responsabilidad y disfraza la enfermedad de la ineptitud para hacerla pasar por acuerdo y unidad.

Qué duda cabe de que ha contado para esto con la cooperación incalculable de los complejos del Partido Popular y de Ciudadanos, cuyos líderes han trasladado a la opinión pública el equivocado mensaje de que un Estado liberal es incompatible en lo ideológico y también ineficaz en la administración frente a una pandemia. ‘Para un liberal es muy duro adoptar medidas que limiten libertades’, se lamentaban el pasado viernes. Si algo define al liberalismo tradicional es la concepción del Estado como garante y facilitador (que no es exactamente lo mismo que distribuidor), en el que cualquier restricción de los derechos y libertades esenciales se va a acordar ponderadamente, con unión a la ley y eludiendo abusos de poder o bien arbitrariedades.

Instrumentalización política

Algo que exactamente marcó la administración del estado de alarma por el Gobierno de Sánchez, tanto al dictaminarlo (aprovechó para incluir a Iglesias en el CNI) como al insistir en prorrogarlo cuando ya carecía de sentido, mientras que monitorizaba las redes sociales en pos de críticas, suspendía el portal de trasparencia y basaba sus resoluciones en comités de especialistas inexistentes. Centrar las críticas en el estado de alarma como herramienta jurídica y de gobernanza en tiempos de epidemia, y no en su instrumentalización política por el Ejecutivo, es uno de los tantos fallos cometidos por la oposición de los que se alimenta habilidosamente el sanchismo.

Eso sí, todo el paripé al que hemos asistido les sirve para redimirse ante quienes instaban el cese en las hostilidades. Ojalá este venga acompañado de algo más que de la lamentablemente frecuente inefectividad.

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