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Noche de sustos – Luis Herrero

29 agosto 2020
Noche de sustos - Luis Herrero

Aunque la encuesta a pie de urna de la TV gallega deseó darle emoción por la noche electoral, abriendo la expectativa, en la horquilla más baja, de que Feijóo perdiese la mayor parte absoluta, el bacalao quedó vendido desde el principio del recuento. Enseguida quedó claro que el Partido Popular iba a arrasar, que el BNG estaba llamado a transformarse en el primordial partido de la Oposición y que el Partido Socialista Obrero Español, virgencita, virgencita, se quedaría como estaba.

El encefalograma de Podemos adelantó su muerte política. En términos de reválida nacional, el Gobierno de alianza se daba una chotea notable. Uno de sus asociados desaparecía del mapa y el otro no heredaba ninguno de sus escaños. El estancamiento del Partido Socialista Obrero Español, teniendo presente el fracaso marxista, sonaba a derrota sin paliativos.

Los titulares caían por su peso: rotundo éxito del Partido Popular más distanciado del “modelo Casado”, subida increíble de la marca independentista y golpazo a la izquierda. Puestos a imaginar rostros, el de Sánchez se me antojaba pálido, el de Iglesias, cadavérico, y el de Casado, ceñudo. Es verdad que Génova tenía expedito el alegato del triunfo, mas el sujeto de la oración victoriosa no podía ser el Partido Popular, cuyas iniciales habían quedado apartadas a referencia microscópica en la cartelería electoral, sino más bien el presidente de la Xunta. El alegato nocturno del propio Feijoo sirvió para nutrir la lectura maliciosa. En el capítulo de agradecimientos solo citó a sus colegas autonómicos Fernández Mañueco y Moreno Bonilla —que pasan por ser los otros 2 exponentes del llamado ámbito moderado del partido— y citó a Mariano Rajoy ya antes que a Pablo Casado.

Es posible que el detalle no hubiese tenido mayor trascendencia si la noche electoral hubiese quedado limitada a Galicia. Pero no era el caso. Los resultados en el País Vasco estaban llamados a cohabitar con los gallegos, en una especie de díptico complementario que debía resaltar las coincidencias y las discordancias de los dos electorados. En el capítulo de estas últimas, la más atractiva era indudablemente la fortuna diferente del primordial partido de la derecha. Si en el parlamento de Santiago la lista de Feijoo era hegemónica, en el de Vitoria la de Carlos Iturgaiz no pasaba de ser testimonial. Los populares vascos pierden la mitad de los pocos escaños que tenían. Una debacle. No hacía falta mucha imaginación para percatarse de que los análisis iban a proyectar el contraste entre lo gallego y lo vasco como una piedra arrojadiza contra la cabeza de Casado. Mientras “su” aspirante euskera, inútil de sostener a raya a Vox, practicaba el noble deporte de la caída libre, el galaico mejoraba sus resultados y batía récords de aceptación popular. La conclusión estaba servida: la apuesta moderada sobrepasa a la de armas tomar.

Vaya por delante que a mí me semeja una lectura injusta. No deja de ser contradictorio que se tache de vocinglera una alianza que incluye a la marca en teoría más pastelera del bloque de la derecha y que su modelo contrapuesto sea el de una lista cerrada a cal y canto a la idea de la integración. Tampoco es cierto que Iturgaiz sea un referente de la política inmoderada. El Partido Popular de su temporada, con Jaime Mayor a la cabeza, fue el que cosechó mejores resultados. La deriva declinante de sus iniciales empezó, justamente, cuando Rajoy depuso a María San Gil en beneficio de Alfonso Alonso invocando un supuesto viaje al centro que solo deparó experiencias espeleológicas. Pero da lo mismo. Las cosas, en política, no son como son. Son como semejan.

El resto de las comparaciones entre los 2 procesos electorales lanzan coincidencias básicas. El independentismo sube y el socialcomunismo baja. Podemos se queda en la mitad y el Partido Socialista Obrero Español apenas se mueve. Uno se hunde y el otro se atasca. Ante esa cruda realidad, que llevó a Moncloa caras de congoja, José Luis Ábalos protagonizó la que me semeja la reacción más significativa de la noche. Dijo que el electorado había premiado el esquema de Gobierno de Euskadi —PNV con apoyo del PSOE— y cerró la puerta a la combinación, aritméticamente viable, de un tripartito entre socialistas, podemitas y bilduetarras. Dado que Iglesias había letrado por esa solución trinitaria a lo largo de la campaña electoral, las palabras del gobernante de Sánchez solo pueden interpretarse como una refutación del modelo que defiende Podemos para consolidar parcelas de poder allá donde cuadren las cuentas. Llámenme ingenuo, mas creo que esa postura preludia la imposibilidad de un tripartito en Cataluña.

Tiendo a meditar que la jornada electoral de el día de ayer marca el comienzo de una activa diferente en la política de España. La “profunda reflexión” que prometió Iglesias en Twitter tras conocer los resultados debería hacerle comprender, a mi juicio, que su papel de coda en el banco azul (y más en vísperas de un memorando dictado por los frugales para acceder en el fondo de reconstrucción europeo) le lleva a la ruina. Tampoco al Partido Socialista Obrero Español le favorece continuar sometiendo al escrutinio público la valoración de su coyunda con Podemos.

Gallegos y vascos ya le han dado el anticipo de la contestación general. Sánchez, ayer por la noche, se llevó el primer susto.

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