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La otra pandemia, la ineptitud

5 septiembre 2020
La otra pandemia, la incompetencia

No te mata, mas te enferma. Esa es la diferencia en el trazado de los 2 castigos que estamos padeciendo. Con razón, nos volcamos en el aislamiento del coronavirus mientras que apenas dedicamos una línea a esta otra pandemia que nos afecta como sociedad de una forma flagrante: la ineptitud. Porque la primera es dominante y cubre de un velo de impunidad el castigo a que nos somete esa otra. El recurso al virus nos amedrenta a fin de que no denunciemos que ahora más que jamás la responsabilidad, individual o bien colectiva, es la medida de nuestro grado de civilización.

Si tiene una avería de algo tan simple como un teléfono, una fuga de agua, una reclamación por impago, no afirmemos ya una consulta sobre tal o bien como cosa, prepárese para oír la súplica. O bien no tiene contestación en aparatos mudos, o bien son exactamente los mismos robots quienes le advierten de que no va a poder ser atendida su demanda… por la pandemia. Es el recurso de la irresponsabilidad que agudiza la ineptitud. Nos hemos distanciado tanto de la realidad que aceptamos una sociedad donde absolutamente nadie semeja hacerse cargo de nada. Como si el trabajo a distancia, ese mirlo blanco que nos traerá un planeta limpio, eficiente y atento, se hubiese diluido en jirones del pasado. Al final resulta una mezcla del “vuelva usted mañana” del gran Larra, devenido en avispado futurólogo, con una tecnología sin retroceso. Usted requiere algo, mas absolutamente nadie con cara y ojos acepta la responsabilidad de su demanda. Se pierde en las redes y absolutamente nadie lo procurará nunca; ni mismo, si osara procurarlo, sabría de qué manera.

Nos hemos adentrado en la galaxia de las altas tecnologías más forzados por la victimización de la covid-19 que por las necesidades del desarrollo económico y, como acostumbra a acontecer con los primitivos que se ilustran a marchas forzadas, entramos en el reino de los profetas, tecnológicos en un caso así. Los pequeños van a enseñar al planeta de los mayores que los juegos para videoconsolas formaban una materia universal para manejarse por la economía, la cultura y la estupidez humana.

Una avería en nuestro trabajo rutinario se transforma en un inconveniente, el de enfrentarse a una máquina idiota. No le dimos la relevancia que se debía a esa siniestra estafa que se llama “obsolescencia programada”, o bien lo que es lo mismo: calcular el tiempo en el que nuestro producto se estropeará y va a haber que adquirir otro, a ser posible de exactamente la misma marca, para de este modo obcecarnos en nuestra cerrazón de compradores irreducibles.

La tecnología es una ventana estratégica para la manipulación de votantes, más limpia y también limpia que los viejos métodos de adquirir electores

Ahora estamos en los comienzos del trabajo a distancia masivo y si los profetas de las nuevas tecnologías nos lo dejan va a haber que ir pensando las consecuencias y las obligaciones que resultan. Un trabajo a distancia irresponsable o bien negligente o bien mal pagado, es incompatible con la sinceridad profesional, pues en contraste a las labores de la vieja industria aquí es más simple la argucia, el escaqueo, la vagancia. Exige más responsabilidad individual y eso no se produce con campañas publicitarias: es algo vinculado a la cultura en su sentido más extenso, que está lejísimos del desdén con el que se participa en un juego para videoconsolas.

Detengámonos en la vida política. La tecnología es una ventana estratégica para la manipulación de votantes, más limpia y también limpia que los viejos métodos de adquirir electores o bien apañar un montón de papeletas y meterlas en la urna. Quizá lo primero y probablemente lo único que ha aprendido la clase política es de qué manera usar lo que llaman “redes” para pescar a todo incauto que se quede mirando los espejuelos del mar. De ahí que haya sobresaturación de exhibicionismo. Ejercen de influencers para vender doctrina en forma de grageas tan nauseabundas que incendian el estómago. Cada político, con cargo o bien solo con ambición, sostiene un equipo de promoción que está al tanto de cualquier estupidez donde pueda meter cuchase. Nadie se sustrae al embrujo de esos miles y miles de seguidores que del mismo modo que podrían adquirir productos de aseo se extasían frente a la agudeza del currinche de turno que ha dado con el titular más sonoro a fin de que lo manosee el jefe.

Como la pandemia y paralela a ella, las altas tecnologías para iletrados han llegado para quedarse. La primera mata, mas no frivolicemos sobre el carácter mortal de esta otra epidemia que transforma a los móviles en enciclopedias y los manidos diálogos telefónicos en alegatos ya repetidos, tal y como si volviésemos a oír los breves monólogos de “Esperando a Godot”. Sin demasiada trascendencia se ha producido como por ensalmo una transmutación de valores. No semejan como las del siglo veinte un riesgo para nadie; es verdad que aumentarán la inestabilidad mental, las querencias obsesivas, mas los siquiátricos son casas de vecinos desde el momento en que aquel conjunto de médicos italianos desligó las curaciones de las hospitalizaciones, allí por los años sesenta, y llegaron a la conclusión de que locos estamos todos, e inclusive ciertos transforman sus insesateces en deseos colectivos.

La liquidación forzosa del pequeño comercio al que la pandemia del virus ha venido a dar el descabello dejará una estela que ciertos no vamos a ver mas que padecerán generaciones futuras. Tendrán que leer a Galdós y a Balzac para saber lo que era un dependiente, sus ventajas y sus límites. No es que se trate de una nueva generación, creo que es más profundo que eso: estamos ante otra temporada y tengo mis serias dudas de si leer a Galdós o bien a Balzac no se va a haber transformado en algo como las sociedades filatélicas; gentes que se intercambian estampillas de otro tiempo y gozan mirándolas, releyéndolas o bien charlando con colegas de afines inclinaciones.

No se trata de lamentarse y plañir con lo que se marcha perdiendo. Era inevitable; se terminaron las echadoras de cartas sobre el destino, ignoro si aún prosiguen embelesando a los recelosos y a los obsesos por su inmediato futuro. Las temporadas acaban y apenas si nos damos cuenta cuando ya estamos en otra; como mucho que llegamos es a vivir una. Pensar que el inexorable Julio César hacía mirar los hígados de las aves para empezar o bien retrasar una batalla, que Napoleón tenía en mucho la fortuna sobre el talento, que el enorme Pushkin se libró de ser detenido con los insurgentes “decembristas” pues se le cruzó, afirma la historia legendaria, una liebre en el camino y se volvió a casa… Nosotros nos encaramos a demasiadas argucias del destino para abordarlas todas y cada una. Con una pandemia mortal y otra social no nos queda más que la vista para observarlo todo, pues aprender, eso sí que no sabemos.

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