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La gran oportunidad perdida de Felipe VI

25 diciembre 2020
La gran oportunidad perdida de Felipe VI

Dos ausencias han afectado el discurso de Felipe VI de esta Nochebuena de 2020. La propia desaparición de España de su padre, Juan Carlos I, estaba hoy paradójicamente más presente que nunca, porque todos los españoles que han manido el mensaje, fueran monárquicos, republicanos o anarquistas, estaban pendientes de si el Rey iba a sostener poco sobre los escándalos que provocaron el traslado del emérito a Abu Dabi. La segunda desaparición, claro está, es la de una relato directa y elocuente a esta anomalía.   

Es obvio que Pablo Iglesias se equivocó al pronosticar que en las cenas de esta Nochebuena se iba a forcejear mucho sobre monarquía o república. Porque la mayoría ya tiene claro lo que opina sobre la forma del estado. Y, sobre todo, porque a los españoles les preocupa, ocupa y obsesiona la pandemia. Lo demás es letras que apasiona a políticos y periodistas, pero no a una ciudadanía que piensa en las vacunas, en los ERTE y en tantas ilusiones perdidas.

Precisamente por eso Felipe VI ha perdido una oportunidad histórica para marcar distancias con su campechano progenitor. Este discurso de 2020 era el momento propicio para desvincularse con más crudeza de los escándalos protagonizados por el emérito. En el futuro no habrá otras pandemias (esperemos) que opaquen la empeoramiento de esos desmanes. Las cabezas pensantes del Palacio de la Zarzuela han preferido una vez más la prudencia y la frialdad en vez de la valentía o la cercanía. Peor para ellos, aunque no caigan en la cuenta.  

Era previsible la tradicional sobriedad en la realización televisiva: mismos planos de siempre, mismo árbol navideño, mismo comienzo, mismas banderas, mismo ejemplar de la Constitución y solo un cambio casi nada perceptible en la imagen al fondo para homenajear a las víctimas de la pandemia

De antemano estaba clarísimo que Felipe VI iba a cuchichear mucho de la pandemia del coronavirus. Que pediría dispositivo y fortaleza a los ciudadanos para pasar esta situación que nos cambió el paso a todos. Que se referiría a todos los que están padeciendo las consecuencias económicas de esta crisis. Que trataría de perorar a los españoles para que aguanten un poco más y tengan esperanza en el futuro.

También era previsible que diría todo eso con la tradicional sobriedad en la realización televisiva: mismos planos de siempre, mismo árbol navideño, mismo comienzo, mismas banderas, mismo ejemplar de la Constitución y solo un cambio casi nada perceptible en la imagen al fondo para homenajear a las víctimas de la pandemia. Así ha sido y resulta harto deductivo. La gran intríngulis era, en cambio, entender cómo pensaba el Rey referir a las corruptelas de su padre. 

En Zarzuela han optado por una relato tímida, casi clandestina, que provocará que esta perorata se recuerde más por lo que el Rey no ha dicho que por lo que sí ha dicho

En Zarzuela han optado por una relato tímida, casi clandestina, que provocará que esta perorata se recuerde más por lo que el Rey no ha dicho que por lo que sí ha dicho. Al tiempo. Porque la desaparición de una mención a Juan Carlos I enerva a muchos ciudadanos con independencia de sus convicciones ideológicas. No hace error ser un republicano impenitente para exigir a la Corona más firmeza contra la corrupción, sobre todo cuando afecta a la propia institución.

Tampoco es necesario estar metido en conciliábulos destinados a finalizar con la Constitución para comprender que el hijo está enlazado a su padre hasta que no sea más claro. Ni siquiera hay que tener la faja de revolucionario para razonar que con esta premeditada elusión el Rey ofrece toneladas de munición a sus propios enemigos.  

Tres párrafos de 28

Los datos, como siempre, no engañan. El mensaje que ha letrado Felipe VI está compuesto por veintiocho párrafos. El Rey solo ha dedicado tres a referirse, sin mencionarlo directamente, al emérito. De esos tres párrafos que aluden vagamente a su padre, el secreto es uno en que el Rey nos cuenta que “ya en 2014, en mi proclamación frente a las cortes generales, me referí a los principios morales y éticos que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas”. “Unos principios que nos obligan a todos sin excepciones; y que están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales y familiares”. Para este alucinación no hacían error alforjas. 

Podría aducirse que sólo él mismo recuerda esos principios que mencionó el 19 de junio de 2014, seis primaveras y medio a espaldas. Podría tirarse de hemeroteca para rememorar que aquel día Felipe VI citó El Quijote para memorar que “un hombre no es más que otro si no hace más que otro” y defender “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”. El problema es que su padre ha hecho demasiadas cosas mal que, a fanales de muchos españoles, impiden esa renovación. No admitirlo y no cuchichear claro solo acrecienta ese problema. Porque el pueblo soberano no es tonto. 

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