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entre la pandemia y el ‘veto’ al Rey

1 octubre 2020
entre la pandemia y el ‘veto’ al Rey

“Una ventaja de la cuarentena es que se puede utilizar para renovar las ideas. Hacer limpieza mental y pensar cómo vivir en un mundo alterado es la tarea que nos corresponde ahora” (John Gray en New Statesman; primavera de 2020). Creo que cuando comenzó la pesadilla esa sensación la compartíamos muchos: que la pandemia podía sacar lo mejor de nosotros mismos, que el tremendo impacto social del virus asistiría a reubicar las prioridades y a encaminar otros inconvenientes que hasta ese instante parecían insuperables. Lamentablemente, no ha sido de esta forma.

Puede que una porción de españoles sí hayamos relativizado y aprendido a valorar de otra forma contrariedades que hace unos meses se antojaban insuperables. Puede que el sacrificio de muchos conciudadanos haya contribuido a hacernos algo mejores. Pero, por desgracia, nos hemos vuelto a quedar a medio camino. Se han echado en falta liderazgos capaces de encauzar el sentimiento compartido de solidaridad provocado por el desastre, y la decepción mayor no es que el virus prosiga fuera de control, sino más bien haber desaprovechado un estado anímico quizás inigualable, como la ocasión de reconducir la creciente confrontación política, social, territorial y generacional que amenaza con hundir al país en una etapa de obscuridad. Otra vez.

Para todos aquellos catalanes que se prosiguen sintiendo españoles, el Rey es asimismo, y sobre todo en estos tiempos, el único aval de pertenencia a un proyecto común

Claro que a fin de que ese espíritu solidario hubiese tenido la mínima ocasión de cristalizar, debería haberse promovido la rúbrica de una tregua que aplazara cualquier resolución extraña a la minoración de los efectos sanitarios y económicos de la crisis. No ha sido de esta forma. La pandemia no solo no ha sido suficiente causa de compromiso común, sino se ha empleado como arma arrojadiza contra el adversario; se ha empleado el Parlamento como cuadrilátero y no como el sitio ideal para lograr un indispensable acuerdo de Estado; se han puesto en marcha, en el instante menos oportuno, ideas con una enorme carga ideológica y alta radiación que dormían el sueño de los justos en algún cajón olvidado. Y todo esto se ha hecho por razones únicamente partidistas, desatendiendo en todo instante las auténticas emergencias de los ciudadanos. En Europa están horrorizados.

Por si fuera poco, la estrategia desarrollada con escandalosa frivolidad por los malabaristas de el marketing política incluía un factor todavía más disgregador: la conservación a toda costa del apoyo de los independentistas catalanes, ampliado después a los vascos deEH Bildu. La llave del turismo de los bomberos a cargo de los pirómanos, que no tardaron en tirar la llave al pozo. ¿No había otra salida? ¿No hubiese sido considerablemente más apaciguador y eficiente sellar un paréntesis de fiel conciliación con el Partido Popular y Ciudadanos? La contestación a semejantes preguntas es tan evidente como la causa que impidió que en frente de la urgencia se impusiesen la lógica, la sensatez y la fortaleza de una concluyentes matemática parlamentaria (219 miembros del Congreso de los Diputados): Pablo Iglesias afirmó “no”. Y ahí acabó todo. O bien comenzó todo, pues lo que va a venir después puede ser todavía peor.

El ‘veto’

No hace mucho un señalado miembro del Gobierno manifestaba su convicción de que una de las consecuencias políticas del coronavirus iba a ser el retroceso del independentismo; que la reasignación de prioridades en la sociedad catalana provocaría un descenso de los apoyos a la secesión. Un nuevo ejemplo de ese optimismo antropológico que tantos desazones acostumbra a conllevar a sus practicantes. No ha habido tal. No hay ni un dato objetivo que soporte el pronóstico. Sí hemos podido garantizar el descenso de la movilización, de la ocupación de la calle. Mérito del virus, no de la política. Hay mucho de cansancio en la esmirriada contestación a la inhabilitación de Quim Torra, de constatación de que el president-títere era ya un obstáculo, el eslabón más enclenque del procés. Pero sobre todo hay covid-19. Cualquier otra interpretación inspirada por la benevolencia es un puro espejismo.

Conviene no engañarse: el día de hoy, 1 de octubre de 2020, en Cataluña el proceso de apropiación de las instituciones por la parte del secesionismo, y de dilución del Estado, prosigue su curso. Ralentizado mas implacable. La pandemia solo ha sido un paréntesis. Para el constitucionalismo, un paréntesis inútil. No hay plan. Mejor dicho, solo hay un plan, que pasa por sostener abierta contra viento y marea la línea caliente con Esquerra Republicana y fomentar la división del frente independentista en pos de reeditar el tripartito de izquierdas. Sin garantías. Sin ninguna certidumbre de que tras las elecciones autonómicas Junqueras y Puigdemont no firmen un nuevo acuerdo de rotura “democrática” (sic).

En paralelo a las encuestas que apuntan por vez primera a una mayoría en las urnas del secesionismo, vuelven a escucharse angustiados chillidos de socorro

Cataluña está fuera de control. De la peor forma. Casi en silencio. El mismo silencio al que se acoge el presidente del Gobierno cuando de proteger al Rey y a la monarquía parlamentaria se trata. Sale ese excepcional manipulador que es Gabriel Rufián y afirma esa estupidez magnífica de que a Felipe VI solo le votó Franco y no hay ni un miembro del Congreso de los Diputados socialista que le conteste. Va nada más y nada menos que el ministro de Justicia del Reino de España y afirma que el Rey no fue a la entrega de despachos a los nuevos jueces en Barcelona para evitar inconvenientes de convivencia, y no hay ni un miembro señalado del Partido Socialista, del viejo o bien del presente, que sea capaz de impugnar en público semejante insensatez.

El veto al Rey por la parte del Gobierno (si no era un veto lo pareció) ha sido la peor de las noticias que podía percibir el constitucionalismo en Cataluña. El Rey no es sencillamente la primera autoridad del Estado. Para todos aquellos catalanes que se prosiguen sintiendo españoles es asimismo, y sobre todo en estos tiempos, el único aval de pertenencia a un proyecto común. Los que no estamos allá, los que no debemos aguantar diariamente la brutal y violenta presión ambiental del independentismo, no podemos saber hasta qué punto la ausencia del Rey el pasado viernes en Barcelona se ha leído como una vil traición.

Y es que, como acá ya se ha dicho, “coartar hasta ese punto los márgenes de actuación del Rey, y hacerlo en un contexto en el que el jefe del Estado hace demostración pública de respeto a uno de los pilares básicos de ese Estado, la Justicia, es lo más similar a desandar el camino de restauración de la autoestima que muchos catalanes, hasta ese instante silenciados por la bota del independentismo, empezaron el tres de octubre de 2018, cuando Felipe VI se dirigió a la nación para reafirmar su compromiso con la defensa de la Constitución”.

En Cataluña, la pandemia no ha servido para renovar las ideas. Ni para hacer limpieza mental. En Cataluña, la única propuesta que desde el Estado semeja plantearse para recobrar la convivencia es desamparar a su suerte a los no independentistas. En paralelo a las encuestas, que por vez primera apuntan a una mayoría en las urnas del secesionismo, vuelven a escucharse angustiados chillidos de auxilio. Yo solo aviso.

La postdata

1.- “Es difícil construir una república con los materiales de una monarquía derribada. No puede hacerse hasta que cada piedra haya sido nuevamente tallada, y eso lleva tiempo”. Georg Christoph Lichtenberg (convocado por Alfred Döblin en “El pueblo traicionado”. Edhasa).

2.-El País, crónica de Joaquín Prieto; 16 de abril de 1977: “Por 169 votos a favor, ninguno en contra y once abstenciones, el comité central ampliado del Partido Comunista de España ha tomado el pacto de poner la bandera bicolor del Estado de España, en sus actos, al lado, de la bandera marxista. Una bandera roja y gualda de enormes dimensiones estaba ubicada el día de ayer, ciertamente, en la sala de la reunión. Esta resolución, unida a la promesa de apoyo a la Monarquía si esta avanza cara las libertades y a la defensa de la unidad de la Patria, forman los puntos más sobresalientes de las resoluciones adoptadas por el convocado órgano del PCE tras un par de días de asamblea en Madrid”.

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