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El volantazo de Casado contra Vox no altera la solidez de Ayuso en frente de Sánchez

28 octubre 2020
El volantazo de Casado contra Vox no altera la firmeza de Ayuso frente a Sánchez

Tanto le asquea al votante conservador la estomagante prepotencia de Pedro Sánchez que resulta una aventura suicida cualquier aproximación a su abominable territorio. Tenderle la mano al Gobierno para hilvanar un pacto o bien trenzar un acuerdo es ejercicio frecuente en una democracia saneada. Hacerlo cuando el jefe del Ejecutivo se maneja con actitudes cesaristas, indignas de las coordenadas occidentales, supone no obstante una falta de respeto a la prudencia. No solo aborrecen de Sánchez los adeptos del Partido Popular y de Vox. Ese rechazo es compartido por extensos ámbitos de Cs, ahora incrédulos y desmotivados, e inclusive por la vieja guarda socialista, otrora democrática, constitucional y hasta de España y ahora silente y aborregada. Sánchez, que ejercita ya como el jefe del Gobierno más autócrata de Europa, comienza a ser visto como una extraña mezcla entre Nerón y Calígula en un peplum de pesadilla.

Y acá aparece el inconveniente para Pablo Casado, que termina de reventar sus puentes fraternos con Vox y de orientar sus pasos cara la centralidad moderada, esa estéril utopia con música de John Lennon y fondo de sitar, lejos de tentaciones derechistas y ramalazos fachas. Casado, cuyo alegato fue jaleado fervientemente por los medios y los voceros de la izquierda, y asimismo por Javier Maroto, tiene que precisar que su peligrosa apuesta no era un trampantojo, un gestito teatral. “Ahora debe probar que el Partido Popular es un partido de Estado, debe renunciar de sus acuerdos con la extrema derecha en Madrid y Andalucía y debe ayudar”, le instan las cacatúas del Partido Socialista Obrero Español y del Gobierno, como brujillas deseosas de enterrarle para los restos.

Acercarse a Sánchez, quintaesencia del horror, para negociar si bien sea el número de árboles que deben plantarse en la Castellana, es operación de alto peligro para quien lidera una capacitación conservadora

Casado se adentra en un periodo proceloso. Deberá abrir negociaciones con el Gobierno para temas tan ríspidos como la renovación de la cúspide judicial, el acuerdo de Toledo, los presupuestos y hasta el estado de alarma de 6 meses y un día, tema ya de emergencia pues se vota este jueves en el Congreso sin la presencia de Su Persona, que tiene lío y no está para mentiras. Acercarse a Sánchez para negociar si bien sea el número de árboles que deben plantarse en la Castellana, es operación de alto peligro, una temeridad para quien lidera una capacitación conservadora. Las encuestas lo afirman bien claro. Sánchez, para esa gran parroquia electoral, es la encarnación de los 7 males, la quintaesencia de la perfidia. Ni a heredar. 

Malo negociar con él. Peor, lograr algún pacto. Por ejemplo, el de la Justicia que se halla depositado en cajón, ultimado y sin borrones, con su lacito rosa a la espera tan solo de poner dos nombres en la lista. Aunque sea de tapadillo, bajo cuerda, con sordina, un acuerdo de ese calibre (o bien del que sea) puede resultar sumamente incómodo de explicar para ese ‘nuevo PP’ recién salido de la petición con ansias de reagrupar a la derecha.

Basta con percibir la epístola marxista-peronista de su asociado Iglesias en la presentación de los Presupuestos este martes en La Moncloa para finalizar que ningún pacto democrático es posible

No son tiempos para los Chaves Nogales del equilibrado centrismo, de la ‘tercera España’, esos neocatecúmenos lagrimosos del 98. Sería fantástico que de este modo fuera, que todo se desarrollase en el campo democrático y racional de estas 4 décadas. Con Sánchez no es posible ni la sinceridad ni la decencia. Basta con percibir la epístola marxista-peronista de su asociado Iglesias, todo odio y rencor, en la presentación de los Presupuestos este martes en La Moncloa. Resultaba bastante difícil de aceptar tan inquietante escena en semejante escenario. El monstruo de Frankenstein diseñando las cuentas públicas, toqueteando el dinero de todos, dirigiendo placenteramente la nación. 

Con ‘eso’ tiene que negociar Casado, bajo el peligro de que, de no hacerlo, Iván Redondo le empaquete nuevamente en el hediondo fardo de la extrema derecha. Y ese es el instante que aguardan en Vox para devolverle sobradamente el bofetón. 

Seis meses de prórroga

Ese giro centrista ha supuesto un cimbronazo en la medula espinal del Partido Popular. No todos y cada uno de los barones comparten la estrategia, tal vez precisa mas peligrosa. Díaz Ayuso, por poner un ejemplo, no está ahora para enmarañarse con bofetadas a Vox. Es Sánchez su oponente. La presidente madrileña fue la primera en plantarle cara en un combate fiero y dispar. Tanto arrojo probó en la batalla, tanta razón le dieron los tribunales, que Sánchez, encabalgado en la ira, no titubó en ordenar una alarma ad hoc tan solo para amputar Madrid. Había que ahogarla, estrujarla hasta el momento en que echase el bofe, hasta el momento en que solicitara árnica, hasta la rendición. No lo consiguió. Madrid resistió, y resiste, en su soledad numantina. 

Mientras otros barones del Partido Popular agradecen sumisos los 6 meses del cerrojazo del presidente y sus simones, Ayuso no ha arriado la bandera en defensa de las libertades, el mantenimiento de la agónica economía, la sacudida seguridad jurídica y la propia supervivencia de la comunidad. “Esta alarma es un descalabro del Gobierno, se podía haber evitado“, demanda Ayuso, después de haber desmostado que sabe lo que hace. Su plan de limitaciones de movilidad por distritos y distritos, boicoteado por el vil Illa, ha confirmado una incontrovertible eficiencia. 

Hablando de gaitas. Núñez Feijóo se ha sumado inesperadamente a esta situación. El portaestandarte de la templanza y la medida, que asimismo presentó hace semanas un plan propio  no ha tenido empacho en lanzar un grito de rebeldía contra los abusos de Moncloa: “Seis meses de alarma es un estado de salvedad con toque de queda, un atropello que va a tener un efecto asolador sobre la economía y la imagen de España”. Algún alto mando de Génova los mira ahora con recelo. Como si fuesen de Vox.

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