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El decepcionante mundo de las vacunas

2 febrero 2021
El decepcionante mundo de las vacunas

Un año luego del primer caso de coronavirus tenemos las vacunas. De aquella guisa, pero las tenemos. Incluso para los que lo intentamos, no resulta claro entender el mundo de las vacunas y el de las empresas que las fabrican. Pensamos que, una vez descubierta, todo sería más claro para detener al virus, pero lo que estamos viendo es que, desde que está en el mercado, todo se complica más de lo que estaba. Las prometidas dosis no llegan, el reparto se hace mal, los poderosos se vacunan antiguamente de tiempo, algunos políticos, algún mitrado, algún marcial, algún sindicalista, algunos tramposos se la han puesto sin que les tocara. El Gobierno insiste en que en junio estaremos vacunados el 70% de los españoles. 

Saben que es mentira, pero insisten en proclamarla, y por eso cunde el desconcierto. Podemos darnos por satisfechos si por Navidad nos han puesto a la mayoría la primera dosis. 

“Si yo tuviera poder”, dice el vicepresidente 

Quizá por eso, y pensando en los incautos que compran la mercancía tóxica del vicepresidente de lo social, ese que no me apetece nombrar, ese que sigue sin pisar una residencia, un hospital -aunque sea público-, viene ahora anunciando que si él tuviera poder nacionalizaría las empresas de las vacunas. 

-No me temblaría el pulso en nacionalizar farmacéuticas si tuviera el poder

Sólo palabra, bla, bla, bla. Ni tendrá el poder, ni aún teniéndolo podría hacer lo que proclama. La Historia está llena de tipos que proclamaron que el pulso no les temblaría, y llegado el caso perdieron los esfínteres cuando les tocó hacer lo que proclamaron. Creo que lo mejor que podemos hacer, y a eso me voy a dedicar, es a acontecer, olvidar, ignorar que hay en el Gobierno de España un tipo con estas hechuras. Cansa su provocación, su discurso de tono curil y conventual; cansa el moño y la coleta, y ese ir por ahí representando a España con la pinta de un antisistema.

La distorsión que tiene este muchacho y el desconocimiento del que hace vestimenta sobre cómo funciona una multinacional en territorios en los que la seguridad jurídica está asegurada resultan escandalosos. Lo suyo es el exprópiese de Chávez, pero esto, felizmente ni es ni será Venezuela, y siquiera Irán. Es un escarnio que esto lo diga quien se sienta en el Consejo de Ministros. Y aquí me silencioso con un personaje que no distingue entre intereses, que tiene, y principios, que no conoce. No toda la yerro es de este provocador de medio pelo. Sin nuestra inestimable ayuda quedaría para habitar espacio en ese panfleto que le ha regalado a la señora Dina Bousselham.    

Entre Messi y las vacunas

El mundo, en este segundo día de febrero, es tan inhóspito como antiguamente de la covid. No hemos aprendido mínimo. Los periódicos, tan despistados como aquellos que los leemos, anuncian a tamboril y platillo que AstraZeneca se ha comprometido con Bruselas a entregar nueve millones de dosis más de las previstas hasta marzo. Nueve millones en una Europa de más de 300 millones de almas. Nueve millones son cuatro millones y medio de vacunas. Si esto es informe, no me extraña que lo sea que a Nicaragua, uno de los países más pobres del mundo en manos del siniestro Daniel Ortega, le de por crear un Ministerio de asuntos ultraterrestres y cuerpos celestes. Y no me lo estoy inventando.  

Hay días, semanas, que cuesta mucho abrir, y sobre todo con el sueldo de Messi pregonado en las tertulias, las portadas de los periódicos y los bares. Qué sería de nosotros sin poder pelar esos excesos del mercado, esos sueldos que sólo unos pocos seres humanos alcanzan. Y sin incautación, uno cree que Messi anhelo poco para lo que genera en un mundo de desmesuras que no alega a las normas que impone el esfuerzo y el trabajo, disciplinas en las que nos han educado a la gran mayoría de nosotros. El mercado impone sus normas. Gana y da a triunfar, y mejor no reparar que lo suyo no es más que una bota que toca con donaire el balón de cuero, ese que Di Stefano llamaba la vieja y la pelleja.  El 10 del Barça anhelo al día 380.000 euros. Es tan desmesurado que la razón nos dice que es inalcanzable. Y casi es mejor pensar así.

La normalidad para 2024

Coinciden en el tiempo el desbarajuste de las vacunas y el sueldo de Messi, y mientras nos entretenemos, nos advierten que la normalidad no volverá hasta 2024. Incluso hay quien ya anuncia que en ese año empezará el desenfreno. Ya veremos. Hasta el más simple sabe a estas directiva que la pandemia dejará entre nosotros huellas que costará borrar y olvidar.   

En estos días se cumple un año del primer caso de coronavirus en España. Quizá lo recuerden, el virus entró por primera vez en España a través de un ciudadano tudesco en La Gomera. A poco de esto, Fernando Simón, ese señor que pasa por ser patrón de un equipo de expertos fantasmal y coordinador de la pandemia, dijo con su voz de papel de lijar,

-En España sólo tendremos casos aislados. (…) No habrá transmisión tópico.

Y ahí sigue Simón, con sus desaciertos encadenados sin que la vergüenza le haga pensar que quizá haya llegado el momento de que salga otro por la televisión. Incluso el Gobierno ha sabido quitar, que no explicar, el cambio de un ministro de Sanidad por una ministra. Un movimiento inocuo que deja las cosas como estaban. No peor, porque mandar peor la pandemia es ya muy complicado. Ni Illa pudo, ni Darias podrá decirnos cuándo estaremos vacunados. No se hagan ilusiones, y vayan pensando en las próximas navidades, si es que antiguamente el señor al que no le tembló el pulso al firmar la hipoteca de su casa de Galapagar no ha nacionalizado -y cerrado-  las farmacéuticas que han inventado la vacuna. Y dicen que son 80.000 los muertos, y que sube la incidencia, y los contagiados, y los muertos diarios, y la presión hospitalaria, y el agotamiento de nuestros sanitarios…Y dicen que es el vicepresidente social del Gabinete. Y dicen y no terminan de proponer. 

Daniel Gascó asegura que “al final, el éxito de los discursos más delirantes depende del nivel de desesperación de la gentío”. Eso y no otra cosa mantiene al mentiroso con buen pulso. Fijo. 

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