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cuando el lobo se disfraza de abuela

11 enero 2021
cuando el lobo se disfraza de abuela

La designación del ministro de Sanidad, Salvador Illa, como candidato del Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) en las elecciones del 14 de febrero ha revolucionado el tablero político catalán. Si nos atenemos a las encuestas, ahora mismo el PSC estaría disputándole la conquista tanto a Esquerra Republicana, que se suponía que iba a aventajar de calle, como al partido de Carles Puigdemont, que vuelve a revivir.

Si ese triple igualada es vivo, la ‘Operación Illa’, impulsada desde Moncloa por el guía Iván Redondo, es ya todo un éxito. Y si acaba ganando las elecciones, que nadie dude de que Illa intentará reimprimir el tripartito de izquierdas que en su día pusieron en marcha Pasqual Maragall y José Montilla. Aquel tentativa se fue de las manos, pero en este 2021 sería una magnífica información que un no independentista ocupase el principal despacho del palacio de Sant Jaume poniendo fin a los diez abriles de esquizofrenia bajo las presidencias de Artur Mas, el citado Puigdemont y Quim Torra. Se rompería el piedra soberanista y la política catalana entraría en otra dimensión tras una lapso perdida.

A muchos les sorprende que los catalanes estén a punto de encumbrar a uno de los principales responsables de la diligencia de la pandemia en España, pero en verdad los paisanos de Illa no se fijan en su agricultura al frente de Sanidad, sino que se ven a ellos mismos cuando le miran. Porque Illa es, en cuanto a formas, el catalán prototípico: un señor muy educado, de trato exquisito y modales intachables. Un caballeroso capaz de sujetar carros y carretas sin perder la compostura. Un ejemplo de memorizar estar muy poco popular en la política española: en la vida una palabra más incorporación que la otra ni una expresión gruesa. Y hasta lleva antiparras de pasta. ¿Qué más se puede pedir?

El orgullo de una nación

Redondo sabe mejor que nadie en España que en las democracias modernas lo que importa es la frente, porque los principios, la ideología y el tesina son poco secundario. De ahí que Illa sea el candidato consumado para asaltar el Gobierno de la Generalitat. Ha sido el espejo donde se han conocido representados durante estos meses miles de catalanes, el orgullo de una nación. Y encima ha sido capaz de tirar de las orejas a la Comunidad de Madrid, que, como ya se sabe, es el origen de todos los males que se padecen en Cataluña.

El problema es que, por muy buena educación que tengas, puedes ser un auténtico sinvergüenza, como se comprueba fácilmente si se repasa la índice de los últimos presidentes catalanes… empezando por Jordi Pujol, aquel jefe de Estado políglota que nos engañó a todos durante tanto tiempo.

Illa es un candidato modélico desde el punto de pinta de la imagen, pero una tomadura de pelo si hacemos un minúsculo cómputo de su diligencia al frente del Ministerio de Sanidad. Para nacer, es una desliz de respeto de proporciones siderales que abandone su puesto de trabajo en plena pandemia del coronavirus. Si tan admisiblemente lo ha hecho, ¿por qué sale corriendo en parte del incendio?

Y luego está la cuestión de si, una vez que ha sido designado candidato, debe seguir siendo ministro. Para cualquiera que tenga ciertos principios éticos, es evidente que la condición de candidato es incompatible con la de ministro, pero pedirle moralidad a este Gobierno luego de todo lo que ha llovido es disparatado y ahí está el ejemplo nuevo de Josep Borrell, ministro de Asuntos Exteriores con Pedro Sánchez y a la vez candidato del PSOE en las elecciones europeas de 2019. Borrell no sólo no dimitió al ser designado candidato, sino que hizo entera la campaña, ganó las elecciones, tomó posesión de su escaño… y no dejó el Gobierno hasta que le nombraron finalmente vicepresidente de la Comisión Europea ¡seis meses luego de haberse celebrado los comicios!

Bandazos y malas decisiones

Dicen los tiralevitas oficiales que la figura de Illa se ha elevado durante la pandemia. Si nos atenemos a cuestiones meramente formales, es cierto que su figura ha sobresalido entre tanto político de víctima estofa, pero su diligencia no aguanta ningún examen relativamente neutro. Nos impuso el confinamiento más duro del planeta durante cien días y no consiguió ni exceptuar vidas ni exceptuar empleos. Con las cifras oficiales en la mano, España es de los países europeos con más mortalidad por covid-19 y el que peores resultados económicos ha tenido en 2020 de todo el mundo desarrollado. Y si miramos el exceso de mortalidad respecto al año previo, las cifras extraoficiales, nuestro país es, de amplio, el que más muertos ha tenido en Europa, tanto en términos absolutos como en función de su población.

Illa no tiene la yerro de la pandemia, por supuesto, pero su diligencia sí ha contribuido decisivamente a obtener el peor resultado de todos nuestros pares. Con eso ya bastaría para desacreditar a cualquier CEO si estuviéramos hablando de una gran empresa privada. No vio venir lo que llegaba, le quitó hierro inicialmente a la situación y luego se dedicó a dar bandazos y a tomar malas decisiones sobre la utilidad de las mascarillas, los test de antígenos, la conveniencia de hacer controles en los aeropuertos… Por no platicar de las veces que faltó a la verdad en relación al dichoso comité de expertos o a los inexistentes criterios de la desescalada.

El ministro se ha reído varias veces de los ciudadanos, lo que pasa es que lo ha hecho con exquisita cortesía. También se ha choteado de la comunidad científica, sobre todo cuando prometió tras el verano una auditoría independiente sobre la diligencia de la pandemia… que todavía hoy no se ha puesto en marcha.

Illa es un mal administrador. Sus errores han costado vidas y hacienda. Y sus continuas rectificaciones son la prueba de ello. Rectificar es de sabios, sí, pero había suficiente información habitable para tener acertado a la primera

Sus últimas tomaduras de pelo las hemos conocido en relación a las vacunas. Tanto Sánchez como él nos anunciaron a coba y platillo que en España habría 13.000 puntos de inoculación, poco que ahora mismo no se cumple pero que, como contó hace unos días ellos, en la vida sucederá, puesto que las condiciones mínimas para inmunizar hacen inviables miles de pequeños consultorios médicos. Si llegamos algún día a tener en marcha la parte de puntos de inoculación, habrá sido un asombro.

Finalmente, está la cuestión de cuántas vacunas se ponen y cuándo estaremos todos inmunizados. El ministro mantiene que este año estará vacunado todo el que quiera, e incluso ha anunciado que para el mes de mayo habrá 20 millones de adultos protegidos. Sin bloqueo, pespunte sacar la calculadora para darse cuenta de que no es posible alcanzar esa signo: España recibe actualmente 300.000 vacunas a la semana y para conquistar ese objetivo necesitaría cuadruplicar el suministro, es afirmar, 1,2 millones de dosis semanales. Quizás por ello, como ellos descubrió hace unos días, Sanidad haya preguntado al laboratorio Pfizer si puede inmunizar a seis personas con los viales que la farmacéutica ha previsto sólo para cinco dosis, con el objetivo de sacar el mayor rendimiento al nítido suministrado. Y eso suponiendo, que es mucho suponer, que consigamos inyectar a tiempo todo lo que nos llegue, que ahora mismo parece tarea inútil si no se involucra al Ejército o se vacuna en las farmacias.

Dicho lo cual, a Illa hay que elogiarle su tremenda capacidad de rectificación. No lo reconocerá nunca, pero ha sabido ir cambiando de opinión con el paso del tiempo, aprendiendo de sus propios errores. Le dijimos que un confinamiento duro no era la opción, y nos lo ha evitado en la segunda ola. Le dijimos que los niños no eran el problema, y permitió la dorso al cole con normalidad. E incluso ha fracasado tragando con todo lo que la malvada Isabel Díaz Ayuso defendía: mascarillas, antígenos, controles en los aeropuertos… Los catalanes que le quieren tanto dirán que eso es una virtud: “Rectificar es de sabios”. Otros tenemos todo el derecho a pensar que las decisiones erróneas de los políticos cuestan vidas y hacienda, y que aquí no estábamos para experimentos. No hacía desliz ser Albert Einstein para darse cuenta de algunas cosas. Rectificar está admisiblemente, pero había suficiente información habitable para tener acertado a la primera. Si Illa no lo logró, será que no es tan bueno como lo pintan.

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