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Coronavirus | Por una nueva Internacional

30 noviembre 2020
Coronavirus | Por una nueva Internacional

La primera ola del coronavirus fue la de la solidaridad, y trufó nuestros balcones de música, abrazos y aplausos.

La segunda ola fue la del cabreo, y produjo manifestaciones, altercados y desconfianza en los poderes públicos.

La tercera ola, si no lo impedimos, será la más dura, la de la desidia; los ciudadanos, hartos de rivalizar con un virus que no para de crecer, dejarán de hacer caso las recomendaciones de las autoridades, tratarán de hacer vida común, y producirán un tsunami de contagios nunca antiguamente manido.

No lo digo, yo, lo dicen los expertos que comienzan a evaluar los países a los que esta tercera ola está llegando, el primero de los cuales ha sido Irán. Irán, ya saben, una teocracia no especialmente comprensiva con aquellos que se saltan las órdenes y recomendaciones de sus autoridades civiles y religiosas, que básicamente son las mismas.

Por delante de las autoridades

Y no es de apartar, si somos capaces de mirar detrás, incluso si lo hacemos con dadivosidad, veremos que el coronavirus ha ido siempre por delante de las autoridades de la mayoría de países, incluido el nuestro (iba a escribir “especialmente el nuestro”, pero he reparado en que esta vistazo iba a ser generosa).

El coronavirus, seamos claros, ha desbordado a políticos, especialistas, expertos, comentaristas y organizaciones internacionales. Ha superado incluso las peores previsiones de los conspiranoicos más conspicuos, lo que ya es mucho exceder.

El coronavirus, seamos claros, ha desbordado a políticos, especialistas, expertos, comentaristas y organizaciones internacionales

Ha dejado en mantillas a nuestros sistemas de sanidad, a los públicos y a los privados, a nuestros científicos e investigadores, a nuestros costosísimos procedimientos de alerta y control, a los métodos de comunicación doméstico e internacional, a nuestras barreras fronterizas…

El virus, en definitiva, ha puesto de manifiesto que, a pesar de las muchas veces que se afirmó lo contrario y de todos los capital que se destinaron a esto, nuestro mundo universal no estaba preparado para enredar con garantías un oposición de esta magnitud.

Nuestro mundo universal no estaba preparado para enredar con garantías un oposición universal de esta magnitud

Y el coronavirus no va a ser el final. Si poco sabemos con certeza es que vendrán más, y que no estamos preparados.

El rancio estado-nación ya no es suficiente y tratar de encerrarnos interiormente de nuestras fronteras mientras cerramos los fanales y rezamos muy robusto para que el virus tenga las suficientes nociones de geodesía como para detenerse en la término imaginaria que separa nuestro país del de al costado no parece una táctica demasiado sólida.

Aumento de capacidades de control

Hemos sido indolentes y perezosos pensando que la globalización económica iba a funcionar sin un crecimiento paralelo de los sistemas de cooperación internacional, sin un aumento de las capacidades de control de los organismos internacionales, sin un exposición inteligente y protector de la gobernanza universal transformando su “poder blando” en un poder duro y actual.

Va siendo hora comenzar a repensarnos, de ser ambiciosos como especie, y de plantearnos que si no queremos convertirnos en poco parecido a aquellos dinosaurios que se apareaban y comían toneladas de helechos mientras un meteorito se dirigía cerca de el abrigo de México, nos toca comenzar a pensar conjuntamente y hacer los cambios necesarios para que el próximo virus nos encuentre preparados para la batalla.

Probablemente este no era el internacionalismo que defendía la Komintern soviética, y siquiera el que describieron los economistas liberales del siglo pasado, pero es el internacionalismo que nos toca construir.

Y nos jugamos tanto que ya estamos tardando.

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