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¿Convivir o sinvivir?

22 octubre 2020
¿Convivir o sinvivir?

La covid-19 es una enfermedad congruo inocente y a la vez endiablada. Inocente porque, a diferencia de muchas otras pandemias que ha sufrido la Humanidad, como la viruela, la difteria o la Gripe Española, su letalidad es congruo moderada (probablemente en el entorno del 0,5% con adecuado tratamiento y en abandono de colapso hospitalario), y centrada en los mayores de 70 abriles (más del 85% de los fallecimientos), y no en jóvenes o niños como las enfermedades citadas anteriormente.

Y endiablada porque, aunque mucha gentío pasa la enfermedad sin síntomas o con síntomas ligeros, y para otros muchos es poco parecido a una enfriamiento, para un porcentaje congruo apreciable de los contagiados (probablemente entre el 5% y el 10%) requiere de ingreso hospitalario durante varios días o semanas, muchos de ellos en las UCI. Y no solo para los mayores, ya que en torno a del 50% de los hospitalizados son menores de 60 abriles.

Esa pobreza de hospitalización es la que ha transformado una enfermedad potencialmente formal, pero no terrible comparada con otras muchas, en el detonante de la veterano crisis social y económica de la Humanidad, al menos desde la Segunda Guerra Mundial. Si la covid-19 tuviera las mismas tasas de letalidad por edades, pero la crimen fuese casi fulminante, el problema financiero y social sería mucho beocio (excepto para los afectados, obviamente). La bienes casi nada se habría resentido, y es muy improbable que hubiera existido confinamiento alguno. Pero cuando el sistema taza, y los hospitales en particular, colapsan, toda la sociedad sufre daños de difícil alternativa. Por citar solo algunos:

     -Se retrasa el tratamiento de enfermedades crónicas, agravando el estado de los pacientes

     -Se retrasa el dictamen de enfermedades graves como el cáncer, provocando fallecimientos evitables en los siguientes meses y abriles

      -Se dificulta/imposibilita el adecuado tratamiento de urgencias graves, como ictus o infartos, causando de nuevo muertes evitables en condiciones normales

Todos padecimos o intuimos lo que sucedió en marzo y abril en los hospitales españoles. Pero aún mucha gentío no es consciente de que las consecuencias sanitarias de aquel colapso primaveral nos acompañarán en forma de enfermedades y fallecimientos futuros durante varios abriles. Serán las “víctimas invisibles” de la covid-19, sin ocurrir sido infectados quia por el virus que la origina.

A lo amplio de estos meses, los estados de todo el mundo se han enfrentado a esta pandemia poniendo en habilidad distintas estrategias sanitarias:

‘Estrategia asiática’

El virus coetáneo tuvo un primo apartado, causante del Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS), que azotó con cierta dureza varios países, la mayoría en Asia, entre 2002 y 2004. Era un virus mucho más mortal que el causante de la covid-19, pero menos contagioso. Gracias a eso, y a una política implacable de aislar a los individuos afectados y sus contactos cercanos, y pese a que llegó a expandirse por varios continentes, se consiguió que el virus del postrero paciente infectado no tuviera un nuevo huésped al que invadir, y la enfermedad desapareció en mayo de 2004, tras infectar a unas 8.000 personas y matar a 800.

Estados como China, Taiwan, Vietnam, Singapur o Corea, que habían sido golpeados por el SARS pocos abriles antaño, reaccionaron muy rápidamente cuando llegaron los primeros rumores sobre una flujo causada por un virus respiratorio en la provincia de Hubei, con epicentro en Wuhan. Con una organización de corte de fronteras, y de agresiva detección y aislamiento de individuos infectados, acompañada de determinadas fases y medidas de confinamiento, han conseguido prolongar su bienes y vida social razonablemente a flote.

La secreto de su éxito estuvo en la reacción temprana, que consiguió jalonar la transmisión a un número relativamente pequeño de afectados en proporción a su población, permitiendo su aislamiento y cortando las cadenas de contagio.

Con matices, es la misma organización que ha seguido Nueva Zelanda (ayudada por tratarse de una isla, y por consiguiente por tener las fronteras más fácilmente controlables de guisa natural), aunque ha requerido para cercar al virus de confinamientos agresivos que han causado un impacto financiero similar al sufrido en Europa.

‘Estrategia sueca’

En Suecia, a diferencia del resto de países europeos, sus vecinos nórdicos incluidos, se siguió una política de intentar evitar confinamientos severos, y establecer limitaciones más laxas: reducción de aforos en restaurantes o centros comerciales y prohibición de actos multitudinarios (las reuniones de más de 50 personas llevan meses prohibidas, incluidas las manifestaciones de cualquier tipo), así como un obstrucción casi total de fronteras.

A esas prohibiciones se añaden recomendaciones para que cada cual se proteja como considere oportuno en función de su inquina al peligro. Hay muchos que consideran la organización sueca un éxito, pese a que en términos de muertes por millón de habitantes Suecia está muy por encima de sus países vecinos, y a que su bienes ha sufrido un impacto muy similar.

La secreto de la gran diferencia en fallecimientos se encuentra en una deficiente protección original (durante el tsunami de marzo-abril) de las residencias de ancianos, que adicionalmente tienen un número promedio de residentes congruo veterano en Suecia que en otros países nórdicos. Con posterioridad, y desde hace meses, la mortalidad en las residencias suecas ha caído mucho, entre otras cosas porque no se permiten visitas a los ancianos, ileso excepciones muy justificadas.

Pese a los constantes mensajes en medios y redes sociales de los defensores de la ‘organización sueca’, sugiriendo que en Suecia no había repunte de casos desde mediados de junio porque se había atrapado el nivel de inmunidad de montón, lo cierto es que desde principios de septiembre el número de casos detectados y hospitalizados ha vuelto a crecer de guisa congruo rápida.

‘Estrategia europea’

La pandemia de covid comenzó a caer a Europa de guisa visible a mediados de febrero en el Norte de Italia, pese a que el virus llevara muy probablemente circulando de guisa silenciosa en varios países europeos desde varias semanas antaño. Los hospitales de Lombardía colapsaron completamente, dando motivo a una tragedia que segó la vida de decenas de miles de personas a lo amplio de los siguientes meses.

Las autoridades italianas reaccionaron a principios de marzo con confinamientos domiciliarios estrictos, que durarían hasta finales de mayo. Del mismo modo, aunque con distintos grados en el nivel de dureza de la prisión domiciliaria (mucho más severo en España que en el Reino Unido o Alemania, donde siempre se permitió pasear o hacer deporte en determinadas condiciones, y niños y ancianos no estuvieron recluidos casi dos meses en sus pisos- recordemos que en teoría no se podía ni pasear por las zonas comunes de nuestros edificios), la mayoría de los países europeos recurrieron a un prolongado confinamiento, que en el caso gachupin finalizó acertadamente entrado el mes de junio, durante el cual la movilidad y actividades comerciales estuvieron parcial o totalmente restringidas.

Ese periodo debería ocurrir servido para, por un flanco, descargar la presión sobre los hospitales, y por otro prepararnos para poder aplicar poco parecido a la organización ‘asiática’ de detección y aislamiento durante futuros rebrotes.

La segunda ola

A principios de julio, espoleados por mensajes triunfalistas por parte de las autoridades (el propio presidente Sánchez dio por “derrotado” al virus y animó a los ciudadanos a “salir y perder el miedo”), y por la método reacción al confinamiento más amplio y puro de Occidente, los españoles se lanzaron a disfrutar del verano en la medida de sus posibilidades económicas. Durante julio y agosto el nivel de movilidad se acercó un poco a sus cifras habituales en abriles pasados (y pese a ello, el consumo de carburantes tuvo caídas de doble dígito entre julio y septiembre).

Pero primero en Cataluña y Aragón, en unos brotes originados a principios de julio entre trabajadores temporeros, que se ampliaron luego a zonas metropolitanas de Zaragoza y alrededores de Barcelona, unas semanas más tarde en los barrios del Sur de Madrid, y después en casi toda España, las cifras de contagios, seguidas inevitablemente de las de hospitalizaciones, ingresos en UCI y fallecimientos, comenzaron a repuntar. Entre acusaciones de desidia de previsión entre gobiernos central y autonómicos, de supuesta abandono de efectivos y procedimientos para rastrear, y de desidia de control en fronteras y aeropuertos, la segunda ola se ha prudente en España.

La efectividad es que, pese a los mensajes agoreros de muchos en julio y agosto (“estamos como en marzo”), esta ola se parece poco o carencia al tsunami de primavera. El uso de mascarillas, las medidas adoptadas con veterano o beocio prontitud y diligencia por las diferentes autoridades autonómicas, el veterano conocimiento de la enfermedad y la autoprotección individual, unido con la barrera inestimable al contagio que proporciona un cierto porcentaje cada vez veterano de población inmune, han hecho que esta ola sea hasta la término mucho más lenta y de beocio pico que la primera.

Pese a ello, los hospitales continúan llenándose poco a poco (en torno a de un 10% del total de camas y del 20% de las UCI están ya ocupadas por pacientes de covid), y en algunas comunidades empiezan a rozar niveles peligrosos, aunque quia comparables a lo sucedido a finales de marzo, cuando más del 100% de las camas y UCI estuvieron ocupadas por pacientes de coronavirus en varias regiones.

¿Qué hacer ahora?

En mi opinión, ninguna de las estrategias anteriormente descritas puede ser aplicada satisfactoriamente ahora en España:

     – Dejar campar el virus a sus anchas protegiendo a los más vulnerables, ‘a la sueca’, presenta complicaciones demográficas y culturales (el concepto latino de vida emparentado es congruo diferente del nórdico). Nuestra densidad de población ‘habitacional’ es mucho más suscripción que la sueca, facilitando el contagio. En España están 23 de los 33 km2 con más habitantes de Europa, en Suecia nadie. En Suecia, el 63% de los hogares son unipersonales, o de parejas sin hijos. En España solo el 40%. En Suecia, más del 90% de los mayores de 65 abriles viven solos o con su pareja.

En España, menos del 70%. Por tanto, y aunque sobre el papel suena muy justo acelerar el contagio entre la población más mancebo mientras protegemos a los más mayores para acercarnos a la inmunidad de montón, existe un doble peligro: por un flanco, que la propia ‘población mancebo’ sature los hospitales (hoy, con la actividad a medio gas, el 50% de los hospitalizados en España, son menores de 60 abriles); por otro, que con los datos demográficos anteriores puede resultar difícil, por no asegurar irrealizable, la deseada protección de nuestros mayores. E incluso en ese supuesto, debería ser poco voluntario para ellos: muchos pueden preferir el peligro de ser infectados a poblar aislados de sus familias varios de los últimos meses/abriles de sus vidas.

     – Con los niveles actuales de transmisión, detectándose muchos miles de casos diarios, es quimérico pensar que, por muchos rastreadores que contratemos, vamos a ser capaces de aislar a los infectados hasta controlar y/o extinguir el virus, ‘a la asiática’. Podemos adicionalmente autofustigarnos criticando nuestra irresponsabilidad, la de nuestros jóvenes o la de nuestras autoridades, pero la triste efectividad es que en la mayoría de países europeos, incluidos aquellos que controlaron muy acertadamente la primera ola, como Portugal o Chequia, la transmisión está acelerándose de guisa congruo similar a lo ocurrido en España, aunque el proceso haya comenzado varias semanas luego.

Ni siquiera está claro que Alemania, con diferencia el país mejor preparado para conseguir un éxito similar al de los países asiáticos, pueda contener la expansión del virus en niveles suficientes para permitir una organización de detección y aislamiento completamente efectiva. Quizá todos los países europeos estén dirigidos por ineptos, quizá el nivel de transmisión durante la primera ola llegó demasiado allí para que la organización ‘asiática’ sea viable, o quizá el modo de vida y las libertades occidentales, muy distintos de la disciplina de aquellos países, varios de los cuales son dictaduras o dictablandas, hagan irrealizable el éxito de dicho enfoque.

     – Por postrero, acudir de nuevo a los confinamientos estrictos, como se viene proponiendo desde hace semanas por algunos profesores universitarios americanos y como parece querer defender Ciudadanos en España, para ‘cortocircuitar’ los contagios y supuestamente permitir una buena campaña navideña en lo comercial, y una veterano franqueza para celebrar la Navidad en tribu, creo que acabaría de erradicar a decenas de miles de empresas que están en la UCI económica y enviaría al desempleo a cientos de miles de trabajadores, sin asegurar en ilimitado que a la salida del confinamiento la transmisión no comenzara de nuevo a crecer. Haciendo unos números de servilleta aplicados al caso gachupin, si 12 semanas de confinamiento puro costaron un 18% del PIB del segundo trimestre, 3 semanas equivaldrían a unos 4 puntos adicionales en el cuarto trimestre, o sea cerca de 10.000 M€. Me parece enormemente improbable que el incremento de valía añadido de esa “campaña navideña idílica” respecto a la que habría en abandono de esas semanas de puro confinamiento pueda exceder en beneficio a tan enorme coste.

El principio táctico

Al constreñir cualquier organización, es necesario intentar conocer lo mejor posible la situación coetáneo y el entorno. En este caso, y siempre en mi opinión, hay que entender:

– Que el virus va a estar con nosotros, en el mejor de los casos, unos cuantos meses más, y en el peor para siempre. Y que, por lo tanto, no queda más remedio que CONVIVIR con él.

– Que lo que hace de este virus un enemigo formidable no es su letalidad, lo severo de sus síntomas o sus secuelas en quien lo padece, sino sus requerimientos hospitalarios. Es por consiguiente el porcentaje de ocupación de la capacidad hospitalaria el que debe marcar el curso de nuestras acciones.

Que no solo mata o causa daño taza el coronavirus: la pobreza, el aislamiento de los ancianos y la abandono de normalidad social causan daños físicos y mentales a millones de personas, y provocan incluso multitud de fallecimientos.

Con esas condiciones de contorno, y si tuviera que constreñir en una sola frase la organización que debemos seguir como sociedad, sería: “Lograr el máximo de actividad económica y social compatible con una situación hospitalaria tolerable”.

Es por ello, en mi opinión, que hay que olvidarse del dilema “Salud frente a Economía”, para originarse a pensar en términos de coste/beneficio conjunto. No se alcahuetería de “evitar todas las muertes a cualquier coste”, ni de “abrir la economía al máximo” olvidando que, si y cuando los hospitales rebosen, habrá sido peor el remedio que la enfermedad, incluso en términos económicos y sociales.

El objetivo debe ser conseguir reactivar la vida social y económica con la veterano celeridad posible, manteniendo la expansión de la enfermedad en niveles que no sobrecarguen nuestro sistema taza, gastando TODO LO QUE HAGA FALTA, CON LA VELOCIDAD QUE HAGA FALTA, para alcanzar esa meta. No se alcahuetería tanto de “no dejar a ninguna víctima de la crisis atrás” (aunque sea necesario e insalvable un sistema de protección social) como de que las víctimas de la crisis sean cuantas menos mejor, y de que lo sean durante el beocio tiempo posible.

Para ello debemos conseguir que, cuantas más actividades mejor, puedan realizarse con el beocio peligro de contagio y la veterano normalidad posibles, cuanto antaño. Y para ello contamos con varias herramientas de enorme potencial, aún en gran parte desaprovechado, en mi opinión:

1. COMUNICACIÓN

Los españoles continuamos saludándonos con los codos, y hemos mejorado muchísimo nuestra higiene de manos respecto a la era ‘pre covid’. Esto se debe a la intensa campaña de comunicación realizada desde febrero en auspicio de dichas prácticas, y a la regulación sobre la deber de disponibilidad de gel hidroalcohólico en establecimientos comerciales. Sin retención, seguimos huérfanos de folleto sobre cómo proceder en dos áreas fundamentales:

-Conocimiento de situaciones de peligro. ¿Alguien ha explicado la importancia de evitar los espacios concurridos y cerrados sin mascarillas y las multitudes, o ha despierto de que la mayoría de contagios se producen en el ámbito de las relaciones familiares y de amigos? ¿Por qué no nos hablan de la importancia de ventilar nuestros hogares, especialmente si tenemos algún tipo de reunión?

-Qué hacer en caso de tener síntomas o de ocurrir tenido contacto cercano con cierto que ha regalado positivo en un test de covid. ¿Cuándo debemos aislarnos? ¿A quién tenemos que avisar? ¿Cuál es el periodo de cuarentena? ¿Qué debemos hacer en caso de convivir con cierto de peligro? Me resulta increíble que, a término de hoy, no se haya hecho ningún tipo de comunicación sobre este tema, que resulta de renta importancia para interrumpir las cadenas de transmisión de la enfermedad.

Creo que cualquier euro invertido en estas campañas de comunicación tendrá un retorno muy superior en términos de contagios evitados. Lo que, como hemos manido antaño, al final se traduce en un veterano nivel alcanzable de actividad social y económica.

2. LEGISLACIÓN

La coetáneo situación ha puesto de relieve ciertas lagunas en el funcionamiento de nuestras estructuras estatales. Concretamente, creo que sería conveniente estudiar la aggiornamento de nuestra fuero al menos en las siguientes áreas:

     – Posibilitar la reubicación temporal de bienes sanitarios donde más se necesiten sin pobreza de acudir a situaciones excepcionales como el estado de sobresalto.

     – Puesta en marcha de mecanismos que permitan a las CCAA, bajo ciertos supuestos objetivos, tomar medidas de restricción de la movilidad de sus ciudadanos.

     – Penalización al ciudadano por el no cumplimiento de cuarentenas obligatorias (en Alemania, por ejemplo, pueden existir desde multas hasta penas de prisión en función de las consecuencias que la violación de la cuarentena pueda ocurrir tenido). Del mismo modo, deben establecerse mecanismos compensatorios a trabajadores y empresas afectados por estas cuarentenas obligatorias

     – Agilización de trámites administrativos para convalidación de títulos de profesiones sanitarias obtenidos en otros países que en realidad puedan ser equivalentes a los obtenidos en España

Además, y en cuanto a la asimilación de títulos coto que den motivo a posibles restricciones adicionales en caso de degeneración de la situación, o a suavizamiento de las mismas en caso de mejoría, creo que se deben establecer basados en:

     -Ingresos hospitalarios diarios: es la mejor medida indirecta positivo de la cambio de los contagios, aunque con un retraso de 8-10 días. Si crece el número de hospitalizaciones diarias, significa que 8-10 días antaño estaban aumentando los contagios reales entre la población. Si descienden, la transmisión positivo se estaba reduciendo.

     -Total de pacientes ingresados en planta y en UCI, y capacidad adecuado en planta y UCI. Concretamente la ocupación y disponibilidad de UCI adicionales, incluyendo aquellas que no sean propiamente UCI pero puedan servir como tal en caso necesario, debe ser uno de los parámetros más importantes. Por desgracia, una vez que se llenan, suelen desmontar muy lentamente.

     -Tendencias de dichos títulos: tiene poco que ver un 15% de ocupación hospitalaria en rápida subida, que el mismo valía en franco descenso. En el primer caso podría ser necesario adoptar medidas adicionales si no se hubieran tomado ya, en el segundo es perfectamente posible que se puedan relajar algunas de las existentes, abriendo la “válvula” socioeconómica.

Me parece crítico que estos títulos umbrales se definan en relación a los datos hospitalarios, y no en pulvínulo a otros parámetros epidemiológicos, por varias razones:

     -Como dije al principio, el carácter de problema social de la covid-19 viene fundamentalmente definido por la carga hospitalaria que genera, no por su letalidad o por el número de infectados, aunque lógicamente guarden relación entre ellos. Por ello, parece justo que sean los datos asistenciales los que marquen la conveniencia de incrementar o restringir la actividad social y económica, en la búsqueda del punto magnífico táctico mencionado anteriormente

      -Cualquier otro parámetro, como la Incidencia Acumulada (número de casos positivos detectados en los anteriores 7 ó 14 días) o el porcentaje de positividad en test (por citar algunos de los que aparentemente forman parte de la propuesta ministerial), puede distorsionar perfectamente la efectividad, voluntaria o involuntariamente. Por ejemplo, el valía de la Incidencia Acumulada no reflejará perfectamente los contagios reales, sino que dependerá de posibles retrasos en las notificaciones, del tipo de test empleados (PCR o test de antígenos), e incluso del número y del criterio de realización de dichos test, por lo que será muy difícil comparar de guisa homogénea entre Comunidades Autónomas o países. Y adicionalmente crean incentivos económicos y políticos perversos para su manipulación químico. Ejemplo: “¿tenemos mucha tasa de positividad? En vez de realizar test a individuos con síntomas o a contactos cercanos de casos positivos, hagamos multitud de test al mero azar en zonas que estén menos afectadas”.

Adecuación de instalaciones

Cada vez existen más evidencias de la transmisión del virus en situaciones de espacios cerrados y mal ventilados. Obviando la discusión técnica existente sobre si el virus se transmite fundamentalmente o solo en ciertas circunstancias por aerosoles, parece evidente que mejorar la ventilación de oficinas, colegios, restaurantes, bares o discotecas, permitiría disminuir el ritmo de contagios e incrementar el contenido de dichas instalaciones, acercándonos al objetivo de recuperar la máxima normalidad social y económica con prontitud. Por ello, creo que las autoridades deberían refrescar las normas/recomendaciones de ventilación para esos recintos, e alterar directamente (escuelas, hospitales u oficinas públicas), o proporcionar subvenciones o créditos a las empresas, para que mejoren las instalaciones de ventilación y purificación del éter mediante filtros HEPA, permitiendo a cambio el incremento de aforos sobre los actuales.

3. Test

La fresco aparición de test rápidos de antígenos abre unas posibilidades inmensas.

     -Por un flanco, permiten descongestionar los laboratorios de pruebas PCR, acelerando los plazos de entrega de los resultados a 24 horas o menos. Unido a la prontitud de resultados de los propios test de antígenos (15 minutos), permitirán aislar con mucha más celeridad a individuos infectados… e infectivos, interrumpiendo cadenas de transmisión.

    -Por otro flanco, su relativo bajo coste (por debajo de 5€/pelotón para los gobiernos) abre las puertas a la normalización de numerosas actividades y de sus aforos. Entre otros se me ocurren:

Viajes en avión: si todos los pasajeros se sometieran a un test rápido en las horas previas o en el propio aeropuerto, las actividades turísticas podrían realizarse con mucha veterano seguridad, y las fronteras estarían mejor controladas.

Restaurantes o discotecas: previo a la entrada, se podría realizar un test de antígenos a cada asistente. Cierto es que sería necesaria la presencia de cierto debidamente cualificado para la toma de muestras, pero el incremento de aforos que permitiría, haría que la inversión se recuperase con facilidad en muchos casos. E incluso si el Estado tuviera que subvencionar en todo o en parte el coste de adquisición y/o realización de dichos test, lo deteriorado se recuperaría con creces en forma de actividad económica (menos “víctimas de la crisis a socorrer”, y veterano colecta fiscal). Como broche del pastel, se podría anotar el nombre y número de contacto de los asistentes para el improbable caso de que, pese a la realización de los test, alguno de los asistentes resultara positivo en las horas siguientes.

Conclusión

Hemos renovador mucho desde febrero en el conocimiento del virus, y en actuaciones y protocolos para mitigar su impacto. Sanitariamente, estamos mucho mejor que en marzo, desde cualquier punto de presencia: sabemos cómo frenar mejor la transmisión del virus, hemos mejorado mucho en su detección, e incluso empezamos a enterarse cómo tratarlo con antiinflamatorios y pronto, parece, con otros fármacos y hasta con vacunas. Sin poder cantar aún vencimiento, creo que el fin de la pesadilla sanitaria está más cerca de lo que parece. Además, cada punto porcentual de población que ha pasado la enfermedad y es por lo tanto inmune, ralentiza el avance de la misma mucho más que el punto porcentual precursor.

Sin retención, el impacto del tsunami financiero, del que estamos empezando a observar las primeras gotas en el rostro, va a ser devastador. O las autoridades entienden que no se alcahuetería de defender todas y cada una de las vidas, y que la secreto es minimizar el número de damnificados de la crisis y la duración de la misma mediante gastos o inversiones para acelerar la actividad, manteniendo la transmisión de la enfermedad en niveles compatibles con una situación asistencial aceptable, o vamos de habitante a una depresión económica de muchos abriles, que segará muchas más vidas que las que se cobre el propio coronavirus.

Estamos a tiempo de evitarlo, si nuestros dirigentes consiguen crear un montón multidisciplinar, involucrando a empresas y talentos del mundo sabido y privado, que trabaje en la definición de medidas que tengan el mismo fin que las que, con veterano o beocio tacto, acabo de sugerir: retornar cuanto antaño al mayor nivel de normalidad social y económica, manteniendo los contagios en un nivel aceptable.

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