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Casado, los aprietos del eterno opositor

10 septiembre 2020
Casado, los apuros del eterno opositor

Desde que allí por 2008, en el Congreso del Partido Popular madrileño, Pablo Casado deslumbrara a Esperanza Aguirre con su alegato 68/89 sobre el mayo francés y la caída del muro de Berlín, en este país y en la vida de aquel joven presidente de las Nuevas Generaciones madrileñas han pasado muchas cosas. Unas buenas, para él las más, pues de entre aquel puñado de cachorros lúcidos y ambiciosos Casado es quien ha llegado más lejos; y otras malas, como la que descubrió el superfluo y también indecoroso empleo de una universidad pública para embellecer un currículo que no precisaba de ningún dopaje.

Diez años después, finales de 2018, Casado estaba persuadido de que iba a ser más pronto que tarde presidente del Gobierno. Ciertamente, el Ejecutivo de Pedro Sánchez, quien había prometido en la petición de censura que convocaría elecciones “cuanto antes” (otra promesa infringida), no parecía tener músculo suficiente para aguantar los empellones de unos asociados cuyos intereses tenían poco que ver con la idea de un Gobierno que dotase de estabilidad al país. Casado veía entonces a Sánchez como la víctima propiciatoria de la pinza organizada por el independentismo y el populismo de izquierdas, mas el diagnóstico tenía una severa falla: la lectura errada de la personalidad del nuevo inquilino de La Moncloa.

Luego vendría el tremendo golpazo de abril del 19, con la llegada de Vox y el casi sorpasso de Ciudadanos. El Partido Popular en la mitad de 2 incendios y el liderazgo de Casado en cuestión. Desde entonces, el líder popular transita por un viacrucis en el que no han faltado instantes de excepcional brillantez parlamentaria, mas cuya primordial seña es la debilidad de la estrategia escogida, si tal cosa existe.

La sensación es que la estrategia del Partido Popular es el pegamento que sostiene unido al Gobierno y que donde mejor marcha el partido es allí donde la repercusión de Génova es menor

“¿Y si a pesar de todos los ríos de tinta vertidos estos meses, Casado tiene un plan y le está funcionando?”, se preguntaba acá hace algunos días César Calderón. Me atrevo a responder a César: desde entonces que tiene un plan, otra cosa es que no sabemos qué número hace, y lo que no semeja tan probable es que le esté marchando. Sí, va recortando en las encuestas, mas se trata de una mejora meridianamente insuficiente si tenemos en consideración que en un proceso de crisis profunda quienes debiesen padecer un mayor desgaste son aquellos que manejan las bridas del poder; más todavía si han dado muestras suficientes de ignotos grados de ineptitud en la administración.

Amigos y contrincantes no cegados por la pasión partidista reconocen en Pablo Casado la pasta precisa para edificar un sólido liderazgo. Yo comparto esa percepción, mas al tiempo compruebo cómo florecen las dudas sobre la capacidad de este para convertir en votos sus supuestas cualidades. Una cosa es lo que uno es, y otra lo que semeja, y a lo que el día de hoy se semeja cada días un poco más Casado es al eterno opositor de Gregorio Marañón (“Las oposiciones son el más sangriento espectáculo nacional después de los toros”).

Y es que el primordial fallo de Pablo Casado es haberse ubicado en exactamente el mismo plano de Sánchez y, en vez de sobrevolar con nuevas propuestas el terreno embarrado que le ofrecían, haber clonado con (¿involuntario?) entusiasmo aquel deplorable “no es no” que está en el origen de tantos desastres. Hoy, la sensación reinante es que la estrategia del Partido Popular es el pegamento que sostiene unido al Gobierno (“progresista”) de coalición. Hoy, incluso no siendo totalmente cierta, la percepción dominante en muchos centros de poder es que donde mejor marcha el partido (Galicia, Andalucía) es en aquellos lugares donde la repercusión de Génova es menor.

Lo de Cayetana

El último episodio que refleja el desconcierto estratégico de la dirección del Partido Popular ha sido el cambio de criterio -asentado en razonamientos infantiles y no en demandas de fondo que procuren fortalecer la independencia de la Justicia- sobre la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). La resolución de bloquear la reposición del órgano de gobierno de los jueces, aparte de formar un inopinado regalo a Sánchez, semeja obedecer a un nuevo giro destinado a tapar las fugas de agua por los flancos, acrecentadas tras la fulminante destitución de Cayetana Álvarez de Toledo.

Lo de Cayetana es de no opinar. Se pueden comprender ciertas razones, las que por poner un ejemplo defienden la precisa fidelidad debida a las reglas que marcan los órganos de dirección del partido. Pero al prescindir de su portavoz estrella, Casado prosigue ahondando en el proceso de debilitamiento de su liderazgo y empuja al conjunto parlamentario cara ese territorio mediocre en el que unos cientos de obreros de Mercamadrid realmente bien podrían substituir a otros tantos miembros del Congreso de los Diputados sin que se notara la diferencia (salvo en Mercamadrid).

La ‘Operación Kitchen’ ofrece a Casado la ocasión de reconsiderarse esa política que desdeña (Cayetana) o bien amenaza con quemar (Almeida) a los mejores

Lo de Cayetana fue una cesión incomprensible a la zona grisácea de los partidos, al aparato, y la confirmación de uno de los inconvenientes de fondo que explican muchas de las faltas de Casado: un núcleo duro sin apenas experiencia de administración, ni pública ni privada; un equipo que entrega más valor a la uniformidad que a la brillantez y que no está presto a arriesgar su cuota de poder (pregunten a Gabriel Elorriaga a ver qué piensa de esto); un sanedrín que semeja haber interiorizado que la mejor estrategia es la de hacer lo justo para no cometer errores, pues, ya se sabe, las elecciones no las gana la Oposición, las pierde el Gobierno.

Pablo Casado tiene muchos inconvenientes, mas el primordial no lo tiene fuera, como podría parecer a simple vista, sino más bien dentro. Y si había alguna duda, las revelaciones sobre las supuestas ilegalidades ordenadas por la bóveda del gobierno de Mariano Rajoy para boicotear la investigación sobre la caja B del partido han venido a reafirmar esta impresión.

La llamada “Operación Kitchen” tiene malísima pinta. No obstante ofrece a Casado la ocasión, tal vez la última, de aclarar su porvenir. Para mal, atrincherándose tras la maquinaria protectora de Génova 13, o bien para bien, abriendo las puertas a fin de que corra el aire y replanteándose esa política que desdeña (Álvarez de Toledo) o bien amenaza con quemar (Martínez-Almeida) a los mejores. Veremos.

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